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Catherine Parker Larrañaga  

Catherine Parker Larrañaga

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“…dio un portazo y se fue caminando con su maleta.”

Soplaba intensamente el viento. Caía la noche y había alcanzado a separar sus cosas y guardarlas en la maleta. Ya no soportaba ni un día más en esa pocilga sin orden ni ley. Le había pedido tantas veces que cambiara, que le ayudará, que por alguna vez en su vida sumara fuerzas. Pero no; él ya no soportaba más estar a su lado. Tenía la esperanza de que Julia se transformara de verdad en esa dueña de casa con la que siempre soñó; esa pareja que, como en la prehistoria, cuidara de la cueva con el fuego encendido mientras él cazaba el búfalo y arriesgaba en ello su vida, y que al llegar, ambos cocinaran y disfrutaran de una buen estofado. Pero ya había esperado mucho por un cambio que no llegaba.

Si todo ese desorden fuera culpa de un trabajo demandante lo habría entendido, pero hace años que no tenía contrato laboral en ninguna parte. Ahora sólo se dedicaba a pasar el tiempo con amigas poco cercanas y gastar algunas noches en sórdidas juergas. Estaba decepcionado, hastiado. El alcohol, era ya el tercer integrante de la relación y había perdido las fuerzas para seguir luchando contra el.

 

Volvió a mirar por la ventana: Ni rastros de ella. Comenzaba a llover y además de rabia, sentía preocupación. A pesar de todo, Julia había sido el amor de su vida, pero definitivamente el agobio superaba el deseo de permanecer a su lado.

 

Terminó de cerrar la maleta y la dejó en la entrada lista para partir. Se sentó un momento en el living y recorriendo el lugar con la mirada, no lograba emtender cómo habían llegado a eso. El desorden era total. Al fondo se veía la habitación en completo caos; la cama deshecha, la ropa en el piso y un par de zapatos desparramados entre la puerta y la ventana. Del baño ni hablar. Toallas húmedas en el suelo, el pomo de pasta dental abierto y vestigios de maquillaje en papel tisú. La cocina, aún tenía los platos sucios de la noche anterior, más una taza de café que de seguro se habría tomado en la mañana. La de él, estaba en el secador ordenada para no sumar trastos al asunto. Le dolió el pecho al ver tal escenario. Parecía una casa arrasada por un tornado y abandonada por los dueños. Y mientras veía ese terrible cuadro ante sus ojos, la evidencia clara de que ya no habría vuelta atrás, escucho como alguien, que de seguro sería Julia, trataba de poner la llave en la aldaba para entrar. Le fue difícil calzarla; se demoró algunos segundos hasta que logró abrirla. Adolfo ya sabía que era ella, y mientras escuchaba sus intentos por entrar, miraba el techo buscando algo de paz para no enfrentarla desde la ira que le causaba todo aquello.

Julia entró como si nada, igual que todos los días desde ya hace año y medio. Su estado era patético; vestía una mezcla de buzo y pijama, su pelo en un enredado y sucio moño y un paquete en sus manos, que sin duda sería, otra botella de vodka. Adolfo se levantó, la miró y su furia se transformó en una profunda pena. Su impotencia al sentir que no había sido capaz de hacer por ella lo suficiente, los meses y meses pidiendo que buscaran ayuda profesional y la constante negación de Julia respecto de su problema de alcoholismo, era también su derrota. Pero ya nada se podía hacer. Adolfo había perdido cada una de las batallas peleadas por ella, y su energía se había agotado. Julia al verlo, le saludó como si nada. Él, sin cruzar palabra, puso en sus manos una carta y le dijo:

-Léela cuando estés sobria.

Dio un portazo y se fue caminando con su maleta