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Catherine Parker Larrañaga  

Catherine Parker Larrañaga

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La Sábana tenía un bordado con la letra G

Fue una invitación irrenunciable. ¿Cómo decir que no a un viaje con todos los gastos pagados al Valle del Loira y hospedaje en un castillo del 1500?. No había posibilidad de renunciar a ese regalo. El problema, era que André pudiera interpretar que yo aceptaba a algo más que sólo al viaje. Él no me era indiferente, pero no estaba segura de querer comenzar, en esta etapa de mi vida, un nuevo romance. Ya tenía varios a mi haber y la verdad es que definitivamente, quería ser un espíritu libre, sin ataduras ni compromisos. Igual me daba algo de vergüenza tener que admitir que me sentía aprovechando el momento, y por ello, le enviaba algunas señales de quizás podríamos atravesar esa delicada línea de la amistad entre hombre y mujer y transitar por el otro lado de la frontera donde comienza el romance. Sabía que lo hacía para aprovecharme de su buena voluntad y de su demasiada tentadora oferta. Pero ya estaba hecho, había aceptado.

El vuelo fue suave y sin contratiempos. Llegamos a Charles de Gaulle sintiéndome toda una María Antonieta. Veníamos volando en primera clase con tantas atenciones como en el Versalles de la época. Al salir del aeropuerto, tomamos un moderno Audi descapotable que nos condujo a toda velocidad por la carretera que empalmaba con la ruta hacia Dreux, rumbo al Chateâu de Anet. Jamás había estado en ese lugar. André comentaba que la remodelación de ese castillo, transformado en hotel boutique, había quedado extraordinaria. Con todos esos antecedentes, me era imposible no sucumbir a tan atractiva propuesta. El clima era espléndido; una cálida y floreciente primavera con colores intensos y aromas florales. Una magnifica época del año. Sin pensar en nada más que en entregarme al deleite de la aventura, cerré los ojos y dejé que el viento revolviera mi pelo. André puso al melodioso Yanni en la radio y todo comenzaba a sentirse irreal. El particular estilo musical de Yanni, me envolvía en la sensación de estar viviendo la versión moderna de la rebelde reina consorte de Francia. Todo fluía de maravilla. Después de una hora y media de viaje a Dreux, pude divisar a lo lejos el hermoso y añoso castillo de Anet. André, como buen anfitrión tenía todo coordinado para nuestra llegada. No éramos los únicos huéspedes, pero dado que el lugar no estaba por completo habilitado e intencionalmente algunas dependencias conservaban su antigua arquitectura cual museo, la escasa cantidad de habitaciones disponibles hacían que la concurrencia fuese reducida. La tranquilidad imperante invitaba al completo relax. Solo la melodía new age del lobby, interrumpía en algo la serenidad del ambiente. El lugar tenía una gran cúpula de mosaico con pequeñas ventanas que dejaban entrar una tenue luz. El piso, una cuadriculada baldosa negra y blanco, terminaba donde comenzaba una imponente escala de mármol beige, cuya baranda de fierro forjado y redondeadas formas, invitaban a ponerse un frondoso traje de la época y subir cual reina, cada peldaño. Mezcla de siglo XVI y XXI, todo era armónico y elegante. Grandes faroles colgaban del techo abovedado y muebles de roble envejecido relucían de brillo.

Terminado el chek in, subimos por la majestuosa escala hasta un largo y oscurecido pasillo iluminado apenas por candelabros que fingían ser tales. Llegamos a las habitaciones 24 y 28, una frente a la otra. Le di una maliciosa mirada a André, quien sonriéndome, despachó al maletero agradeciendo su ayuda en un perfecto francés. Nos miramos nuevamente. En el aire, quedo suspendido su deseo de ver si yo accedería a algo más que sólo a acompañarlo en éste viaje a un inesperado adiós.

El viaje tenía un propósito claro. El funeral de su querido y millonario padrastro Antuan, quien lo había criado cariñosamente. Le debía mucho a ese hombre. Hace apenas seis meses lo había visto en su lecho de enfermo. En su última visita a París por trabajo, había aprovechado de ir a verlo, pero el pobre anciano ya apenas lo reconocía. El verle tan desvalido, había removió sus recuerdos de infancia. Ahora, no podía faltar a su despedida final, pero tampoco quería vivir ese momento solo, y por eso me había pedido acompañarlo.

André y yo éramos compañeros universitarios. Largos años de estudios en Inglaterra, fuera de nuestras familias, nos habían unido. El siempre fue atento, afectuoso y preocupado por mi y de seguro tuvo que sufrir con cada uno de mis complicados e inusuales amoríos. Siempre he sabido que su inclinación por mi, es mas que el de un simple compañero de letras, charlas o viajes y aunque nunca se ha pronunciado claramente, tampoco yo le he dado la oportunidad.

Parados frente a la puerta de nuestras habitaciones, y con la intención de no darle más alas a la situación, le dejé en claro lo que pasaría en las próximas horas:

-Nos vemos en la cena ¿te parece?. Quiero darme un baño y descansar del viaje.

Su mirada cayó en cuenta de que seguíamos siendo buenos amigos que estaban juntos para apoyarse frente a las circunstancias de la vida.

Al entrar al cuarto, volví a la realidad de aquel castillo y de lo afortunada que era de tener a un amigo como André. El espacio estaba inundado de una delicada elegancia. Me lancé sobre una esponjosa cama con suaves sábanas blancas. Las almohadas se hundían al solo acto de posar mi cabeza. Las ventanas eran altas y angostas con largas cortinas de seda azules. Tenían un pequeño ribete dorado que las plasmaba de realeza. Me sentía en deuda con André.

Abrí las ventanas para respirar el fresco aire de la tarde y regresé a recostarme en la inmensa y blanda cama. Pasé mi mano sobre aquel suave hilado y descubrí que la sábana tenía un bordado con la letra G.Seguí tocándolas, repasando esa exquisita textura que me invitaba a dormir y me pregunte qué significado podría tener esa letra. Fue entonces cuando recordé que al Castillo de Anet le habían cambiado el nombre a “Glamour Chateâu” y que todo lo que estaba viviendo tenía un precio que pagar.

(Tal vez continuará…)