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Catherine Parker Larrañaga  

Catherine Parker Larrañaga

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Olor a tierra mojada

¿Qué mejor que el olor a tierra mojada? ese olor que nos transporta, casi sin necesidad de cerrar los ojos, al sendero de algún bosque recóndito después de una larga lluvia de invierno; aquel que nos lleva a orillas de un río que fluye estrepitosamente bañando hojas y musgos; aquel que nos conduce a la rivera de un lago que recibe las aguas de un pequeño riachuelo, quien antes de perderse en su grandeza, arrastra a su paso piedras y ramas que pulen con cuidado su rivera.

Olor a tierra mojada.

Que sensación más placentera la de sentirse conectada con la naturaleza y todo lo que ella nos regala. Esa magia del viento que sin verlo nos acaricia y nos susurra; la magia del sol que sin ver sus rayos dorados nos tiñe de oro el atardecer; la magia del agua que cambia su color según el humor del día. Cuanta magia en la tierra, cuanta magia en el universo entero.  Anhelamos tener mas tiempo para admirar y disfrutar cada instante del planeta, que a veces no sabemos apreciar, pero que es un regalo inmensurable: la sombra de un árbol, el sonido de la brisa, el romper de una ola,  el choque de las nubes, un arcoíris después de la tormenta, el aroma de un jazmín en primavera, el canto de los pájaros y en fin, todo un planeta regalándose por entero.

Pero con un sable de samurai, se corta filosamente esa magia y volvemos ha ser consumidos por la ciudad y sus duros y fríos edificios que irrumpen con violencia el trinar de las aves. Maldita rutina que hay que cumplir. ¿Por qué no habremos podido seguir viviendo del campo y de su comercio del trueque, en donde lo que produzco yo, te sirve a ti y lo que produces tu me sirve a mi? Imaginar que cada familia ofrece a la otra algo único y especial que surge de su trabajo rústico repleto de pasión. Que ganas de que en vez de grandes capitales, fuéramos la sumatoria de pequeños pueblos sin fronteras, cada uno ayudando y abasteciendo al otro, cuidando de las aguas, de los árboles y de todo lo que la tierra nos da. Pero el afán del ser humano de hacerse amo y señor de todo, lo lleva a pelear por lo que ni siquiera le pertenece.

Pero ya somos lo que somos. Grandes capitales, grandes industrias, grandes autopistas. Aunque no vale resignarse a que el hormigón venza al verde, hay que proponerse recuperar en cada rincón de nuestras casas y de nuestras ciudades, ese olor a tierra mojada.