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Catherine Parker Larrañaga  

Catherine Parker Larrañaga

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Por la calle dormida

Le era imposible cerrar los ojos sin ver una y otra vez la escena.  Era inútil el intento de retomar la rutina y seguir adelante. Maldecía aquel día y no haber tenido las fuerzas suficientes.

¿Se recuperaría? ¿Habría esperanza? – se preguntaba Gustavo.

Era otro día más que se quedaba hasta tarde en la oficina. La licencia médica había acumulado demasiado trabajo y no tenía más remedio que enfrentar la carga laboral zambulléndose de lleno en el papeleo. Todas esas cosas pendientes le ayudaban a divagar con pensamientos desordenados entre frustraciones, aquel maldito día y algunos sueños inconclusos. Le hubiera gustado ser fotógrafo profesional; eso de capturar un amanecer, un pájaro en vuelo, una ola rompiendo, o la simple llovizna al resbalar por una hoja, eran su pasión. Con frecuencia se reprochaba lo mucho que se había equivocado al elegir su carrera. De seguro habría sido más feliz como reportero gráfico de alguna revista ambientalista. Nunca quiso estar encerrado entre cuatro paredes; pero la vida lo empujó en una dirección que, aunque no disfrutaba del todo, le daba un buen pasar.

Y entre pensamientos dolorosos, que lo llevaban a recordar el fatal día de la muerte de su hermano atropellado por un borracho, regresaba al presente reviviendo en su memoria la expedición a la cordillera.

Era el único que quedaba en el piso treinta y cinco del aquel moderno edificio. Enormes ventanales dejaban ver la capital iluminada y la amplitud del espacio repleto de escritorios abandonados, era ahora el cementerio de la productividad.

El murmullo de la ciudad a lo lejos, le entregaba calma para concentrarse. Inspirando con fuerza todo el aire que pudo, se armó de ánimo para continuar. Primero los planos, luego las cotizaciones, cubicaciones y al final, los informes de visitas de obra. El trabajo era abrumador, pero le reportaba un excelente ingreso con el que podía viajar, darse comodidades y lujos. Más que refunfuñar ante ese estrés por el que atravesaba, en el fondo, agradecía tenerlo.

La demanda arquitectónica por construir edificios sustentables era poco usual, sin embargo, había logrado posicionar muy bien la oficina en esa área, y aunque no todo el mercado estaba preocupado de la ecología mundial, el negocio pasaba por un buen período. Todas sus propuestas consideraban tecnologías vanguardistas, e incluso planteaba a los clientes ser los pioneros en experimentar con sus locas ideas.  Algunos se arriesgaban, otros preferían ser algo más cautos y tradicionales a pesar de reconocer los buenos resultados de Gustavo en varios proyectos inmobiliarios.

Pero cada cierto rato volvía a perder el foco; su mente regresaba a aquel fatídico día y se desconectaba por completo de planos, estructuras y de las geniales ideas para el ahorro energético del edificio de Cooper y Co.

Aunque ya habían pasado varias semanas, el dolor de sus muñecas y piernas traían al presente la desgracia. Sacudía su cabeza intentaba olvidar, pero sabía que jamás podría borrar la belleza y al mismo tiempo el horror de ese maldito momento.

Hace un año le habían asignado, junto a Carla, el proyecto de aquel edificio. Los dos, eran expertos en el tema del uso de materiales para el ahorro energético; era algo que les apasionaba. Todo lo que tuviese relación con disminuir el impacto ambiental usando energías renovables y la reducción del consumo eléctrico, era un gran desafío para ambos.

Mientras desarrollaban el proyecto, habían descubierto un hobby en común: escalar cerros y realizar largas caminatas cordilleranas. Fue entonces, cuando intercambiando experiencias sobre sus últimos trekking, nació entre ellos algo más que solo una buena amistad laboral. Sin querer, entre maquetas y largas conversaciones, se despertaba una atracción: con miradas coquetas, sonrisas cómplices y caricias de gratitud ante un café humeante servido en un trasnoche de oficina, se iniciaba una relación amorosa, que aún, solo tenía agradables momentos compartidos. Una invitación al cine para despejar la mente y una que otra cena para intercambiar ideas de diseños arquitectónicos y de posibles viajes en busca de alguna nueva aventura, iban sumando instancias de acercamiento que lograban aumentar el tono romántico de la relación.

Hasta entonces, nunca habían ido juntos a escalar, y parecía ser una buena idea compartir ese pasatiempo. Google o algún libro de nuevas rutas para montañistas, les servía como fuente de inspiración ayudándoles a determinar el siguiente destino.

Tal vez en ese lugar Gustavo podría expresar lo que sentía. Para Carla ya era bastante evidente su interés. Él era amable y en extremo caballero cautivándola con su galantería. Hoy en día poco, de eso se encontraba en los hombres. Ella tenía varios intentos de noviazgos fallidos y pocas ganas de caer en las garras de algún machista o extremista defensor de la igualdad de sexos. Su relación ideal, debía incluir gestos masculinos de cortesía a la antigua; regalarle flores, abrirle las puertas, darle besos en la frente, acomodarle la silla y abrigarla con la chaqueta del terno si ella sintiese frío. Para Carla, un hombre amoroso, era quien practicaba alguno de esos varoniles gestos, y Gustavo tenía de esos y más. Ella le miraba con otros ojos hace semanas, pero quería ser discreta y dejar que la relación fluyera espontáneamente.

Él era guapo. A sus 30 años, ostentaba de una figura atlética y musculosa. Sus ojos pardos y su ordenada barba lo hacían ver masculino y seductor. Todo en él la cautivaba. Aunque no estaba dentro de sus prioridades volver a enamorarse, no entendía cómo no había sucumbido a sus encantos hasta ahora. Hoy tenía plena libertad para ser y hacer lo que quisiera, sin embargo, Gustavo comenzaba a convertirse en un peligro; ponía en riesgo su independencia, esa de la cual disfrutaba.

Menuda y delicada, Carla tenía hipnotizantes encantos; unos penetrantes ojos celestes, una sensual boca que siempre maquillaba de rojo y facciones perfectamente talladas. Para él, tan solo contemplarla se había vuelto un placer y compartir con ella profundas y eruditas conversaciones que se extendían por horas, le daba a la relación el toque intelectual. Le gustaba verla apasionada con temas de política o religión. En sus charlas cruzaban un amplio espectro temático, incluso ella había declarado estar dispuesta a ser madre soltera usando algún banco de esperma si no encontraba al hombre adecuado. Su amplitud de mente, en ocasiones lo abrumaba, pero aún así comenzaba a sentir que estaba enamorándose de ella. Gustavo era más bien a la antigua y su idea de tener hijos siempre incluía a su lado, a la mujer que pudiera ser su compañera de por vida.

Durante una de esas tardes de tertulia, comenzaron a idear una nueva aventura de escalada. Tenía que ser un lugar nuevo para ambos, en donde Carla pusiera a prueba sus capacidades como alpinista y Gustavo pudiera fotografiar un momento único: desde un ser vivo exótico hasta el hallazgo de un evento natural jamás descubierto por alguien; eso mantendría vivo su sueño de ser fotógrafo.

La elección fue en un valle cordillerano cercano a la ciudad. Ambos estaban emocionados. No era una ruta muy concurrida y eso la convertía en un reto para dos amantes de la naturaleza y de las experiencias extremas.

-¡Decidido!. Te paso a buscar temprano éste sábado y nos vamos al glaciar -dijo Gustavo entusiasmado.

-Maravilloso, me encanta la idea. Ya veremos quien es el mejor escalador.

Era un cálido día de primavera; Carla siempre dispuesta a lanzarse a lo inexplorado y Gustavo ansioso por comenzar la expedición. Ambos gozaban de la naturaleza y su constante capacidad de sorprender y cambiar:  atardeceres pintando nubes rojas y naranjas, aves que en pleno vuelo tragando desprevenidos insectos, el viento moviendo pastizales y haciendo ondular laderas de cerros; todas, escenas que mas de alguna vez Gustavo había logrado capturar con su lente. Esperaban que esa travesía los sorprendiera y que la vida al aire libre les regalara un gran espectáculo.

Habían decidido aprovechar el clima que se pronosticaba muy bueno. El sol ya estaba alto y calentaba con intensidad. Aunque una inesperada y leve lluvia había caído pocos días atrás, en general el sendero estaba seco. Pequeños riachuelos corrían serpenteando entre piedras y musgos en un escenario de pastos de intenso verde. Se cruzaron con un par de zorros que a lo lejos los miraron extrañados; de seguro pocos habían pasado por ahí – pensaban.

Después de tres horas caminando llegaron al plano en donde pondrían sus carpas. A los pies del hermoso risco, que escalarían al día siguiente, quedaron perplejos contemplándolo; sentían que les hablaba: “vengan, atrévanse”. Era intimidante, pero no más de lo que ya alguna vez habían tenido que enfrentar.

-Es todo un desafío – dijo Gustavo respirando profundo.

-Ya lo creo. Es imponente.

Volvieron sus miradas el uno al otro y en ese instante la atracción se hizo inevitable. Solos, en esa inmensidad natural, el aire comenzaba a cargarse de deseo. Gustavo guiñándole un ojo la tomó por la cintura para ayudarla a bajar de la piedra en la que estaba encaramada. Ella le devolvió una coqueta sonrisa y sintió como si un millón de hormigas le recorrieran la piel. Frente a frente sus miradas intercambiaron pasión por eternos segundos y Gustavo tuvo que contener sus deseos de besarla:

-Eres tan linda. Ya no puedo evitar decírtelo, me gustas, y mucho.

Carla no pudo resistir esa mirada tierna y acercando sus labios, lo besó. Fue un largo y tierno beso.

-Me encanta estar contigo Gustavo – le decía mientras acariciaba su cara – En verdad, me encanta – y volvió a besarlo.

Él la contempló con cariño, la besó en la frente y le susurró con dulzura:

-Te quiero.

La tarde se transformó en una romántica velada. Armaron una sola carpa, ya no hacía falta instalar dos, le había dicho Carla con sensual insinuación; esa noche estarían juntos. Mientras clavaban las estacas, las miradas cómplices y provocativas, se intensificaban. Encendieron fuego para calentar agua y cocinar algo apetitoso. El atardecer se volvía rosado, rojo y finalmente la oscuridad los cubrió. Una pequeña luna menguante iluminaba tenuemente la noche, y junto a una copa de vino, saborearon un trozo de carne que habían asado. Abrazados frente a la fogata, volvieron a besarse despertando un alborotad libido que luchaba por consumarse. Gustavo se levantó y ofreció sus manos para ayudarla a ponerse de pie. Carla accedió y él tomándola en brazos, como a una novia, la llevó a la tienda de campaña. Esa noche, sus respiraciones se unieron al sonido del viento rozando laderas y arbustos.

Por la mañana, Gustavo acostado a su lado, la contemplaba dormir. Sentía que su corazón latía fuerte y que por primera vez sus sentimientos eran profundos. Su rostro, plácido y bello, era un deleite. Estaba acariciándolo cuando al despertar le sonrió:

-Hola mi caballero armado, ¿cómo dormiste?

-A tu lado, perfecto.

-Yo también, como nunca. En tus brazos se duerme de maravilla.

-Así quería tenerte, atrapada toda la noche entre mis brazos.

-No me sueltes… quiero estar así toda la mañana.

– ¡Regalona! pero tenemos un desafío por delante, ¿o prefieres aprovechar el día en otra cosa? – le dijo sensualmente.

-Me tientas…

Carla le dio un beso y salió del saco desfilando su blanca desnudez. Lo miró de reojo, le robó su camisa leñadora y salió a preparar el desayuno. Quería regalonearlo. Preparó unos apetitosos huevos revueltos y un aromático café que lo atrajo de inmediato fuera de la carpa. Él la abrazó y dándole un tierno beso disfrutaron del contundente desayuno en medio de aquel valle verde y soleado.

Al cabo de una hora comenzaron a organizar la escalada. Contaban con todo el equipo indispensable; eran bastante expertos en andinismo, por lo que no sería el primero ni ultimo risco que subirían juntos. Con todo lo necesario colgando de sus cuerpos, sogas de aseguramiento, anclajes y mosquetones, comenzaron a subir. Cada metro ascendido mejoraba la vista, subía la adrenalina y potenciaba el deseo de alcanzar la cumbre para experimentar el éxtasis, que de seguro, prometía la cima. Llevaban la mitad de a lo menos un total de sesenta metros por escalar.

– ¿Todo bien mi querida alpinista?

-Todo bien aquí. Te sigo.

Mientras Gustavo retomaba el ascenso, apareció una pequeña vertiente que caía formando una diminuta cascada. Al verla, se dio cuenta de inmediato que sería un problema y justo cuando pensaba en ello, su mano resbaló perdiendo el equilibrio y cayendo al vacío. Carla estaba justo por debajo de él, por lo que con su propio cuerpo frenó en algo su caída, pero el golpe, duro y seco, los arrastró al precipicio. Los ganchos de seguridad comenzaban a soltarse uno tras otro, pero algunos lograban frenar por momentos la velocidad con que se desplomaban. Gustavo pudo aferrarse a una gruesa raíz que los salvaba de seguir rumbo al abismo, pero en ese momento su muñeca crujió junto con la rama que los sostenía. El dolor de la fractura casi lo dejó inconciente, sin embargo, la adrenalina evitó que se desmayara, aunque no impidió que se soltara y volviera a caer junto a Carla otros metros mas abajo. Los golpes con las rocas dejaban ver las secuelas; una de sus rodillas sangraba y perdía la sensibilidad de su pierna. Solo pensaba en mantener firma a Carla. Aun los unían unas pocas cuerdas de seguridad, pero caían juntos sin remedio. De nuevo otro doloroso golpe los hizo frenar con una saliente de roca que recibió la espalda de Gustavo y sobre él la de Carla, que rebotó sobre su cuerpo.  Él, casi sin fuerza y como pudo, alcanzó a tomarla del brazo. Las vías de seguridad se habían soltado y Gustavo lograba sostenerla con la única mano que aún tenía algo de fuerza. Carla lo miraba jadeando y con terror; sabía con certeza que no resistiría. Su mano comenzaba a transpirar y luchaba arduamente por retenerla, pero se debilitaba sin poder hacer nada. Milímetro a milímetro se perdía la posibilidad de sostenerla.

-Carla sostente, por favor sostente.

-No me sueltes… – le decía gritando – no me sueltes.

Gustavo, desesperado, contraía todo su cuerpo tratando de sumar fuerzas a su debilitado brazo. Era imposible lograr alguna maniobra que impidiera la caída; no podía balancearla para alcanzar algún balcón de rocas, o lanzar una cuerda, o pedir auxilio; todo era en vano.

Cerraba los ojos intentando concentrar su mente solo en evitar su caída al vacío. Al hacerlo, veía el rostro de Carla cuando al despertar esa mañana le pedía prolongar su sensual y amoroso abrazo usando las mismas palabras – “no me sueltes”.

Gustavo despertó transpirando y exaltado. Vencido por el cansancio, se había desplomado sobre el montón de planos que estaba revisando. Al abrir los ojos se dio cuenta que era de madrugada y que seguía en la oficina. Sin fuerzas y frente a los planos que estudiaba, vio que al menos había avanzado en el rediseño de las estructuras metálicas de la azotea; esa azotea que lo había hecho recordar aquel maldito risco por el cual Carla había caído. Al soñar, revivió ese día, mezcla de pasión y terror grabados en cara de Carla: su placidez al despertar entre sus brazos y su pánico al caer al precipicio.

Se levantó del escritorio con el pecho apretado, tomó su chaqueta y como todos los días, hacía ya varias semanas, emprendió camino a través de esa calle dormida que lo llevaba al encuentro de Carla en una cama de hospital, donde al parecer también ella dormiría por siempre.